“…y allí, a las puertas del castillo se alzaba un dragón de aspecto siniestro. El sonido de sus pisadas resonaban a lo lejos como un eco: ¡PUM! ¡PUM! ¡PUM! La doncella se encontraba de pie, ante aquélla aterradora imagen, sin espada ni armadura. A su espalda los aldeanos le gritaban que fuera valiente. “Debe ser que de lejos no parece tan feroz”, pensó. Con la primera bocanada de fuego que expulsó aquel inmenso ser sus ropas quedaron destrozadas, dejando a la vista de todos su cuerpo desnudo. Los que habían estado contemplando la escena soltaron exclamaciones y gritos ahogados. El cuerpo de la doncella estaba cubierto de cicatrices, marcas de quemaduras de todos sus enfrentamientos con dragones a lo largo de su vida. Nadie entendía por qué la joven, con sus heridas demacrándole la piel, no huía. Pero aquel era su dragón; lo había ido modelando con todo lo necesario para que le dejara la peor cicatriz de todas, una de la que tendría que aprender una gran lección. Estaba dispuesta a sacrificarse por el simple hecho de que era la única manera de sobrevivir. Aunque al acabar su loca cruzada no quedara ni un ápice de carne sana en el cuerpo. Y es que, no era que la bestia fuese invencible. Es que aún no había descubierto la forma adecuada de luchar contra ella. Pero la encontraría; de eso estaba segura.”